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DISCORSO - PRIMO MANDATO

in lingua spagnola

Mensaje de fin de año del Presidente de la República Giorgio Napolitano


Palazzo del Quirinale, 31/12/2009

Buenas noches a todos vosotros que estáis a la escucha.

Al acercarse el término del año 2009, y mientras os dirijo mis deseos más cordiales y cariñosos, quisiera compartir con vosotros algunas reflexiones sobre el difícil periodo que hemos experimentado y sobre lo que nos aguarda. Hace un año, sentíamos una fuerte preocupación por la crisis financiera y económica que había azotado al mundo entero. La cuestión no concernía sólo a Italia, pero albergábamos motivos particulares de inquietud por nuestro país.

Hoy, a un año de distancia, podemos afirmar que se ha realizado un gran esfuerzo y que se lograron resultados importantes a nivel mundial: nunca había sucedido en el pasado, en situaciones semejantes, que los representantes de los estados más importantes, y de todos los continentes, se reunieran con tanta frecuencia, discutieran y trabajaran juntos para buscar salidas en el interés común, y para concordar las necesarias decisiones. Pero es precisamente esto lo que sucedió durante el último año. Italia - siempre bien anclada a Europa - brindó su apreciado aporte con el gran encuentro del mes de julio en L'Aquila, y realizó por cuenta suya un esfuerzo serio.

Digo esto, mirando a lo que ha cambiado en lo más hondo de nuestro país. Porque, y lo sé bien, hemos vivido meses muy inquietos a nivel político, pero ello no debe impedirnos ver la obra concreta que han desempeñado todas las instituciones, construyendo, pese a los grandes contrastes, también momentos de empeño común y convergencia positiva. Al mismo tiempo, en el tejido más amplio y profundo de la sociedad se reaccionó ante la crisis con inteligencia, flexibilidad, sentido de la responsabilidad, por parte de las empresas, de las familias, del mundo laboral.

Por ello, miramos al nuevo año con confianza, más confianza que la que teníamos el 31 de diciembre pasado.

Pero no puedo no hablar del precio que aquí en Italia hemos pagado a la crisis, y del precio que todavía corremos el riesgo de deber pagar, en particular en términos sociales y humanos.
Se ha registrado una grave reducción de la producción y del consumo; nos estamos levantando; se ha confirmado la vocación y la dinámica industrial de Italia; pero ha habido empresas, sobre todos pequeñas y medianas, que han sufrido golpes no ligeros; y en 2010, el riesgo mayor se corre en el campo del empleo. Se ha hecho mucho para amparar al capital humano, para mantener en su puesto a fuerzas valiosas, hasta en las empresas en dificultad, y se ha ampliado la red de las medidas de protección y soporte; pero han pagado cientos de miles de trabajadores con contrato temporal cuyos contratos no han sido renovados y cuyas defensas siguen siendo débiles o inexistentes; y es clara la tendencia, hoy, hacia un aumento del desempleo, sobre todo juvenil.

Se presentan así en primer plano las antiguas contradicciones, características de la economía y de la sociedad italianas. Hace un año, desde esta misma pantalla dije: afrontemos la crisis como una gran prueba y una oportunidad para abrir al país nuevas perspectivas de desarrollo, ajustando cuentas con las insuficiencias y los problemas que estamos arrastrando desde hace demasiado tiempo - de esta crisis deberá y podrá surgir una Italia más justa. Y bien, es éste el discurso aún enteramente abierto hoy, es éste el compromiso de fondo que nosotros los italianos debemos asumir juntos.

Pero ¿cómo lograrlo? Mirando valerosamente la realidad, en sus aspectos más críticos, emprendiendo las reformas y tomando las decisiones que ya no pueden ser aplazadas, y dejándonos guiar por grandes valores: solidaridad humana, cohesión social, unidad nacional.

Quiero comenzar por la realidad de las familias que mayores problemas tuvieron: las parejas con varios hijos menores, las familias con ancianos, las familias en las que trabaja una sola persona, y es un obrero. Las encuestas realizadas también en el Parlamento nos revelan que, comparando los resultados internacionales, en Italia es elevado el nivel de desigualdad y de pobreza. Las retribuciones de los trabajadores dependientes han seguido siendo perjudicadas por una elevada presión fiscal y de las cotizaciones; es más baja la renta de las familias en las que hay trabajadores empleados en puestos "atípicos", siempre temporales.

Las condiciones más críticas se registran en el Sur y entre los jóvenes. Son éstas las cuestiones que deberán colocarse al centro de la atención política y social, y por ende de la acción pública. La economía italiana debe crecer más y mejor que en los pasados quince años: es éste nuestro objetivo fundamental. Y para que Italia crezca de forma más sostenida, debe crecer el Sur, con mucha mayor fuerza el Sur. Sólamente así, creciendo toda Italia en su conjunto, se podrá dar una respuesta a los jóvenes que se interrogan acerca de su futuro.

Hay una cosa que no nos podemos permitir: correr el riesgo que los jóvenes se desalienten, que no vean la posibilidad de realizarse, de tener un empleo y una vida digna en su propio país, en nuestro país. En las nuevas generaciones hay reservas magníficas de energía, de talento, de voluntad: y lo creo no de forma retórica, sino porque he visto personalmente cómo se manifiestan en concreto cuando se han creado las condiciones.

He visto la motivación, he visto la pasión de los jóvenes, entre ellos muchas mujeres, que tuve ocasión de conocer este año en los laboratorios de investigación; la motivación y el orgullo de los jóvenes especializados que representan el punto fuerte de las empresas de alta tecnología; la pasión y el empeño que se expresan en las orquestas jóvenes concebidas y dirigidas por maestros generosos. Y pienso en la motivación y en las cualidades de los jóvenes que se preparan para las selecciones más difíciles a fin de emprender carreras públicas, como la magistratura. En verdad son éstas las energías juveniles que han podido escoger los mejores caminos; pero desafortunadamente son muchas las que todavía forcejean en una búsqueda vana. Pero confío en el conjunto de las nuevas generaciones que están creciendo; la sociedad y los poderes públicos deben brindar oportunidades a todos los jóvenes, y, en primer lugar, deben garantizarles la oportunidad decisiva de formarse, gracias a un sistema educacional más moderno y eficiente, capaz de hacer emerger los talentos y premiar el mérito.

Más crecimiento, más desarrollo en el Sur, más futuro para los jóvenes, más justicia social. Sabemos que, para este fin, hay reformas y decisiones que no debemos aplazar: precisamente en los días pasados el gobierno anunció dos reformas sobre unos temas muy complicados, la reforma de las medidas de amparo social y la reforma fiscal. La primera apunta en particular a dar finalmente respuestas de seguridad y protección a quienes trabajan en condiciones extremadamente flexibles y precarias. En cuanto a la reforma anunciada para el fisco, ésta es absolutamente crucial; en ese campo, en verdad, ya no podemos seguir avanzando con "parches". Es preciso presentar y discutir un análisis y una propuesta de conjunto. Y en ese debate también deberá surgir una nueva toma de conciencia del durísimo problema de la deuda del Estado. Mientras tanto, el Parlamento se ha comprometido en reorganizar la hacienda pública con la ley del federalismo fiscal, y en regularla con un sistema nuevo de leyes y procedimientos presupuestarios. Dos reformas sobre las que ya se ha votado, con una amplia coincidencia en el Parlamento.

Y paso ahora a las reformas institucionales y a la reforma de la justicia, de las que tanto se habla. Ya he expresado repetidamente mi opinión; basándome en evaluaciones inspiradas sólo en el interés general, he sostenido que tampoco estas reformas pueden seguir pendientes, porque de ellas depende un funcionamiento del Estado más eficaz, al servicio de los ciudadanos y del desarrollo del país. Por lo tanto éstas no son menos importantes que las reformas económicas y sociales y no pueden permanecer bloqueadas a raíz de un clima de sospecha entre las fuerzas políticas, o de cuestiones prejudiciales opuestas. La Constitución puede ser revisada - como lo proponen, por otra parte, distintas formaciones políticas - en su Segunda Parte. Puede ser modificada, conforme a los procedimientos que la Constitución misma contempla. Lo esencial es que - con un renovado anclaje a los principios que constituyen la base de nuestro vivir juntos como nación - queden siempre asegurados los equilibrios fundamentales entre el gobierno y el Parlamento, entre el poder ejecutivo, el poder legislativo y las instituciones de garantía, y que se den reglas en las que deberán reconocerse tanto las formaciones de gobierno como las de la oposición.

He aconsejado moderación, realismo y búsqueda del acuerdo, para llegar a una coincidencia lo más amplia posible, como sugiriera recientemente y de común acuerdo también el Senado. Quiero poder confiar que se avanzará en este sentido, que no se atascará el proceso con recriminaciones y contraposiciones estériles.

El nuevo arranque que necesita Italia, para superar la crisis y encaminarse hacia un futuro más seguro, requiere reformas, requiere convicción y participación difusas en todas las esferas sociales, requiere que se recuperen valores compartidos. Valores de solidaridad: y en efecto, el país ha demostrado ser rico en solidaridad durante este año marcado por eventos trágicos y dolorosos, y recientemente por tremendas inundaciones. Lo ha demostrado abrazando con ánimo fraterno a las poblaciones de L'Aquila y de los Abruzos arrasados por el terremoto, o acudiendo conmovido al lado de las familias de los caídos en Afganistán, y, como siempre, dedicándose con generosidad a muchas causas buenas, las del voluntariado, del apoyo activo y cariñoso a los portadores de minusvalías, a los más pobres, a los mayores solos, y del soporte a la lucha contra las enfermedades más insidiosas que también aquejan a tantos niños.

Es necesario acercarse a todas las realidades en las que se sufre, también porque ahí se siente estar privado de derechos primarios: pienso en los detenidos en cárceles terriblemente atestadas, en las que no se vive decentemente, expuestos a abusos y riesgos, y donde seguramente no hay reeducación.

Solidaridad también significa comprensión y acogida para los extranjeros que vienen a Italia, conforme a los modos y límites establecidos, para desempeñar un trabajo honesto o para encontrar un refugio huyendo de guerras y persecuciones: las políticas dirigidas a afirmar la legalidad y a garantizar la seguridad, por severas que sean, no pueden hacer bajar la guardia contra el racismo y la xenofobia, no pueden ser interpretadas mal y tomadas como pretexto por aquellos que niegan el espíritu de la acogida con impedimentos odiosos. También en este tema, es preciso proteger la cohesión y las cualidades civiles de la sociedad italiana.

Cualidades civiles, calidad de la vida: son aspectos, éstos, que es preciso considerar esenciales a fin de evaluar la condición de una sociedad, el bienestar y el progreso humano. Son cada vez más importantes los factores no sólo de orden material sino de orden moral, que dan un sentido a la vida de las personas y de la colectividad, a la vez que constituyen su tejido conectivo.

Es necesario volver a descubrir y reafirmar valores que en estos últimos tiempos han sido ampliamente ignorados y negados. Más respeto por los deberes de cada uno ante la comunidad, más sobriedad en los estilos de vida, más atención y fraternidad en las relaciones con los demás, rechazo intransigente de la violencia y de cualquier otra sugestión fatal que se insinúe entre los jóvenes.

Considero importante el hecho que en el llamamiento a la solidaridad y a los valores morales encontramos las voces y el compromiso de religiosos y laicos, de la Iglesia y del mundo católico. Así como en el discurso sobre un nuevo concepto del desarrollo - que tenga en cuenta las lecciones de la reciente crisis y de la alarma por el clima y el medio ambiente - encontramos la inspiración y el pensamiento del Sumo Pontífice. Veo que también en ese mundo se siente con la misma fuerza la exigencia de la unidad de la nación italiana.

En realidad, no es cierto que nuestro país está dividido sobre todos los temas: es más unido respecto a lo que nos parece cuando miramos sólo a las tensiones de la política. Tensiones que es mi deber esforzarme por atenuar. Es un esfuerzo que espero pueda dar frutos, como ha parecido ante un episodio grave, la agresión al Presidente del Gobierno: por parte de todos, sería necesario ya contener, también en el lenguaje, ciertas peligrosas exasperaciones polémicas, sería preciso contribuir para un retorno, en la confrontación política, a la lucidez y a la medida.

Yo puedo aseguraros que me he propuesto perseverar en mi empeño por una mayor unidad de la nación: un compromiso que requerirá aún tiempo y paciencia, pero en el que no quiero cejar.

Porque para mí, como Presidente de todos los italianos, nada es más confortador que contribuir a la serenidad de todos vosotros. Me emocionaron las palabras del comandante de un contingente de nuestros amados militares desplegados en misiones en el extranjero. Me dijo, hace diez días, en videoconferencia para los saludos de Navidad, que cuando reciben mis mensajes por televisión él y sus "muchachos" adquieren serenidad.

Sí, necesitan más serenidad todos los ciudadanos, en tiempos difíciles como los actuales, trabajadores, desempleados, jóvenes que tienen que enfrentarse con problemas acuciantes, todos aquellos que trabajan para relanzar nuestra economía, y los que sirven al Estado escrupulosamente, en particular las fuerzas armadas llamadas a proteger la paz y la estabilidad internacionales, o las fuerzas policiales que luchan con éxito creciente contra las organizaciones criminales.

Y a esta necesidad deben corresponder todos aquellos que tienen altas responsabilidades en la política y en la sociedad.

Serenidad y esperanza siento poder transmitiros hoy. Esperanza, mirando a la Italia que ha demostrado que quiere y sabe reaccionar ante las dificultades. Esperanza mirando al mundo, aunque turbado y trastornado por conflictos y amenazas, entre las que se renueva, siempre inquietante, la del terrorismo. Esperanza porque han llegado de Norteamérica y de su joven Presidente nuevas luces para nuestro futuro común, nuevas luces han venido desde todos los países que se han comprometido en un gran proceso de cooperación y reconciliación, así como han llegado desde nuestra Europa, que ha optado, con nuevas instituciones, por reforzar su unidad y relanzar su papel, ofreciendo el ejemplo de nuestra paz en la libertad.

Es éste mi mensaje y mi deseo para 2010, para vosotros, italianas e italianos de todas las generaciones y procedencias, que saludáis el nuevo año con los que amáis, o le dáis la bienvenida lejos de Italia pero con Italia en el corazón.

Una vez más, feliz año nuevo a todos.